AY CARO, CARO, CAROLINA

COLUMNA ACERTIJOS

LUNES 9 DE MARZO DE 2015

Gilberto Haaz Diez

 

*El poder no consiste en golpear siempre o con frecuencia, sino en golpear oportunamente. Camelot.

 

AY CARO, CARO, CAROLINA

 

Carolina Gudiño Corro, de antecedentes familiares terrablanqueses, exalcaldesa de Veracruz y exdiputada local, ha sido llamada por el Supremo, para ir a contender y dar la madre de todas las batallas a territorio Yunista, Boca del Río, que digo Yunista, panista con firmeza. La antorcha se la dio Sergio Pazos, porque al arranque se notó que iba abajo en las encuestas y Carolina mete el acelerador y ha vivido varias campañas políticas, la última muy disputada. Ese territorio, Boca del Río, que es como de los Sioux cuando llegaban las fuerzas de la Unión, es decir, peligroso e inhóspito, lo cabalgará Carolina y veremos de qué cuero salen más correas.

 

EL BETO SILVA DE PEÑA NIETO

 

La presidencia de la República dio un giro. Un golpe de timón. Lanzó a uno de los alabarderos de Peña Nieto a las listas agraciadas de los plurinominales federales. David López Gutiérrez, hombre que cubrió las espaldas presidenciales en la Comunicación Social y del que, aunque tiene cara de aburrido como Brito, Peña dijo que siempre lo hacia reír, sonreír como el Payasito de Enrique Guzmán. David López se ve gente serena y seria, es amigo personal de mi pariente, Alfonso Muriedas, quien siempre le echa porras donde puede. Estoy seguro que el área de Comunicación es la más difícil del gobierno. Hay que lidiar con la imagen presidencial y con tanto jodedor periodista, aún más en tiempos que la libertad de expresión es norma de los países que se presumen ser democráticos, luego los extranjeros abrieron fuego sobre la figura presidencial. No cualquier extranjero, desde el Washington Post hasta The New York Times y el Financial Times. Aunque la democracia, decía Winston Churchill, ‘es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás’. O sea, demócratas siempre. Ignoro si Peña le allana el camino de la diputación y le va buscando un espacio para hacerlo candidato a gobernador de su estado, Sinaloa, de donde es originario. Porque dejar la poderosa oficina de Comunicación, para ser uno de los 500 diputados que llegan, pues no. Tiene que ser alumbrarle el camino a gobernador, cuando llegue el momento. Solo así se puede pensar un enroque de esa magnitud. Llega de relevo Eduardo Sánchez Hernández, que hacía de vocería en asuntos de gobierno. Hombre de Comunicación, su paso por la radio, por las oficinas de la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión y una vez diputado federal, ha colaborado con gente buena, Esteban Moctezuma en Gobernación, Emilio Chuayfett, Andrés Caso, Pedro Joaquín Coldwell y solamente tiene un tache, cuando trabajó en la SCT con el maloso Emilio Gamboa Patrón, pero seguro allí Eduardo aprendió las malas mañas que enseña Maquiavelo y sus cloacas de la política. En México ha habido poderosos jefes de la oficina de prensa: de chile, de dulce y de manteca. Del que más se habla es de don Pancho Galindo Ochoa, que lo fue de dos presidentes. Pero eran otros tiempos, los del partido casi único, donde solo los chicharrones de ellos tronaban. Ahora hay que lidiar con tirios y troyanos.

 

LOS JEFES DE PRENSA

 

En Estados Unidos son poderosísimos. El mejor de todos ha sido Ted Sorensen, reclutado por JFK cuando solito y su alma se presentó ante el Senador, y le dijo, a secas: “Quiero trabajar para usted”. ¿Por qué para mí?, respondió Kennedy. “Usted será presidente”, le dijo Sorensen. Cuenta Jay Carner, que fue jefe de prensa de Obama y después reclutado por la empresa Amazon, como vicepresidente senior, para que vean el tamaño de hombres que de allí salen, cuenta Jay que cuando llamaba a futuros jefes de prensa, todos querían ser Sorensen. A su muerte, de él un día escribió un amigo: “Me encantaría dominar las palabras como lo hacía él para dedicarle la eulogía (bendición) que se merece. Pero Sorensen era un maestro difícil de imitar. Su precisión, su estructura, su ritmo eran inigualables. Hace dos días que nos dejó el último servidor de Camelot. Sorensen siempre bromeaba que en su epitafio rezaría “Aquí yace el escritor de discursos de Kennedy” y aquel título le molestaba, porque él había sido mucho más que un “speechwriter”. Fue el hombre que dotó de magia a las elocuciones del Presidente, es cierto, pero también fue el consejero y amigo fiel que estuvo junto a él en los momentos más decisivos. Juntos emprendieron el camino que les llevaría hacia la Casa Blanca y allí batallaron en mil frentes a la vez. Siempre quiso estar a la sombra del Presidente, pero su inteligencia hacia que brillara con luz propia. Fue un hombre de lealtad inquebrantable, tanto que nunca reconoció todo lo que hizo y se alegró de que otros disfrutaran de los triunfos que él había construido. Ahora todos los periódicos le recuerdan como el creador de la frase “Ask not what your country can do for you, ask what you can do for your country” (No preguntes que es lo que tu país puede hacer por ti…) que ponía punto y final al brillante discurso de investidura del Presidente Kennedy y también comentan su destacado papel en la redacción de “Profiles in Courage” que le valió el Premio Pulitzer al malogrado Presidente. En vida, cuando a él le preguntaban sobre su autoría en ambas cuestiones, siempre contestaba con inteligencia: “Ask not” (no me preguntes). Eso era Ted Sorensen.

 

DE VIAJE

 

Parto de viaje. Me ausento de estas tierras chayoteras y veracruzanas y jalapeñas, donde rolo con singular alegría. Y de vez en cuando por Tierra Blanca. Voy adonde me lleve el viento, como dijera Neruda en su poema, ‘El viento en la isla’: “Escucha como el viento me llama galopando, para llevarme lejos”. Por ahí les cuento cómo me va. Voy y vengo, dijo Tía Checha. Cargo mi laptop, jalo unos dólares y unos euros y los tarjetazos y les iré contando, como otras veces, como encuentro a las ciudades y los países que llegaré, si Dios quiere. Me ausento un par de días de este espacio, en lo que el avión llega adónde me lleva. Que el viento me cuide, dijera Neruda. Y Dios también.

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