EN EL LIABENY

COLUMNA ACERTIJOS

VIERNES 3 DE ABRIL DE 2015

Gilberto Haaz Diez

*Los libros son como la comida, unos se devoran y otros se degustan. Camelot.

EN EL LIABENY

Llego a Madrid de vuelta. El eje de donde converjo a donde pegue la gana. Adonde se pueda, adonde me lleven los vientos, diría el poeta. Hoy hace calor en Madrid, es el primer día, la primavera les traerá buen tiempo, aunque pronostican aun un poco de frío para la próxima semana. Los cafés con las mesas a la calle comienzan a operar. El frío no les dejaba. Platico con el mesero del café Europa, donde suelo tomar mi café, frente a la vieja tienda del Real Madrid de la calle del Carmen, la más vieja de todas, donde los turistas llegan y se toman fotografías con los celulares, herramienta de fotógrafos. Hay una muy perrona en la Gran Vía, a la calle, en una esquina y con dos pisos pequeños, mediante un elevador te lleva al sótano, lucen los uniformes color rosa, que es el nuevo color de esto que no es un equipo de futbol, es una máquina de hacer dinero por doquier. Es el día que hay ayunos, la Semana Santa gravita en su esplendor. En los pueblos españoles, se visten de túnicas blancas y salen a caminar, a orar por el mundo, a reverenciar al Jesús de los maderos, o al que anduvo en la mar. Mientras sirve los cafés, Pedro me cuenta cómo ha sobrellevado la crisis. El presidente Rajoy presume que llega el crecimiento y que este año andarán en 2.5, casi como México, y se mofa de aquellos que los tildaban de inútiles, que no iban a crecer y que serían otra Turquía. Pues no, estos son trabajadores y no se rinden, allí anda Pedro llevando el café que vale 2.50 euros, con o sin leche, y conversamos de las cosas de su país. El Liabeny tiene una particularidad, es un hotel muy humano. No solo por Pedro Martínez, el Concierge, el mejor del mundo, sino toda la gente, desde las chicas de la administración, hasta los bell boys y ni que decir de los meseros del restaurante, donde se desayuna como en L Orbe, de campeonato, y donde también se come y cena de primera. Aunque uno solo ocupe los desayunos porque al mediodía, en este Jueves Santo, llegamos a Casa Lucio, el restaurante de la Cava Baja 35.

EN CASA LUCIO

Venir a Madrid y no ir a Casa Lucio, es como ir a Veracruz y no tomarse un lechero o canilla en La Parroquia. Así de ese pelo. No hay mexicano que haya pisado esta tierra, que no haya ido a Lucio, por los huevos rotos o por lo que se antoje. Este restaurante no es tan viejo, apenas data de 1974. Viejo es los Hijos de Botín, record de Guiness de ser abierto desde 1725, su especialidad son los deliciosos cochinillos y el cordero asado al viejo estilo castellano, en horno de leña. Aquí en Lucio está el dueño, y en el verano cierran por dos meses y se van de descanso y fiaca, pero aprovecha la clientela un pariente de enfrente, el del otro Lucio, llamada ‘Taberna los Huevos de Lucio’, y se lleva la clientela que el viejo desprecia, que los huevos rotos estrellados con patatas pues cualquiera los hace con su aceite de oliva bueno, pero la fama es la fama. Lucio me ve, habíamos reservado mesa. A sus casi 80 años allí está, recibiendo a los clientes. Había que apurarse porque todos los restaurantes españoles cierran de 4 a 8, no hay poder humano que a esa hora te den de comer, solo los de tapas o los bares de copas. Lucio, cuando ve llegar mexicanos les tira el mismo rollo de siempre, se lo he oído como catorce mil veces, trepando la escalera al segundo piso tiene unas botellas de tequila que, presume, una se la dio Cantinflas, otra Lola Beltrán, una mas no sé cuál presidente de los nuestros y, un hecho que debe ser cierto, es que todos los presidentes mexicanos (quiten a Echeverría, a ese no lo dejaba entrar Franco) debieron pasar por aquí, lo que pasa es que el viejo Lucio Blázquez no tiene tantas fotos, como tiene su cuñado, Ángel, el del Landó, donde se retrata con toda la crema de Hollywood: Brad Pitt y la Angelina Jolie y todas las estrellas, hasta el Rey de España, el pirujo Juan Carlos, que poco se habla de él aquí ahora, se habla del Chaval Felipe, que fue a Sevilla a Semana Santa, como buen rey de los españoles, y le aplaudieron donde le veían, por donde pasaba. Veo las botellas de tequila que presume Lucio. Cualquier cosa, lo que es un hecho es que Cantinflas en este país es un ídolo. “Ustedes hablan como Cantinflas”, nos dijo un taxista de Sevilla, cuando nos llevaba del hotel Inglaterra al Tren Ave. “Tengo toda la colección de sus películas, en muchas rio pero también lloro”, aseguraba. En Lucio hay un mesero que le va al Toluca, también presume que ahí han llegado los Diez cerveceros, los que eran dueños de la cerveza Corona, que ahora se la han engullido los gringos, como los holandeses a la Cuauhtémoc Moctezuma. El tipo sabe más del Toluca que Peña Nieto, bueno ya saben ustedes que a mi presidente algunas cosas no se le dan. Te habla del Cruz Azul como si no tuviera aquí, a dos pasos, la mejor liga del mundo. Anoche mismo jugó España. Holanda le dio un repaso. Se extinguió aquella camada que los hizo campeones del Mundo y de Europa y tendrán que trabajar mucho para volver a encontrar otros nuevos Iniesta y Casillas y Ramos y demás, estos van de salida.

LOS PRECIOS DE LUCIO

Solo por no dejar, y para que los restauranteros mexicanos se den una idea de los precios madrileños, van los de Lucio. El pan lo cobran, todo, si te ponen dos piezas piérdele el amor a 3 euros por pieza. Así lo acostumbran. La copa de vino de la casa es barata, 3 euros. Aquí se chupa con singular alegría. Nada caro. Aunque hay otra copa de 16 euros, sin llegar a ser Vega Sicilia, los huevos estrellados no son caros, 12 euros; una fabada asturiana, 15 euros; la Merluza sí, brinca a 30 euros, platillo caro, con eso comería un mes, diría Perro Uribe, tormento de las chicas Herbalife de Orizaba, a quien le llevo sus rosarios sevillanos que encargó para ellas, porque por las mañanas, cuando comienzan a tomar sus menjurjes verdes, antes se echan una rezada para que el rezo los ayude a bajar de peso. Hay que llevar los rosarios, Perro Uribe, con el padre Marcos Palacios a que los bendiga, no me dio tiempo en la Catedral de Sevilla, había muchos romeros buscando a Dios. Las gambas al ajillo, 20 euros; unas papitas fritas, 4 euros; un helado, ya entrando en postres, si es natilla 5.40, hay otra tarta que vale 7.80. Cuando llegó la cuenta por poco me desmayo, pero hay días así. Su IVA en alimentos es 10%. Pero se come bien. Lucio es la Parroquia de Madrid. Sin los Fernández: padre, hijo y espíritu santo, amén.

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