PARIS (DIA II y III)

COLUMNA ACERTIJOS

MARTES 7 DE ABRIL DE 2015

Gilberto Haaz Diez

*De Mark Twain: “En París solo se me quedaron viendo cuando les hablé en francés; en verdad nunca logré que esos idiotas entiendan su propio idioma”. Camelot.

PARIS (DIA II y III)

Paris lo es todo, llena de historia por doquier, sus calles (Rue), sus museos, sus monumentos nos llevan a su historia. A la Segunda Guerra Mundial y a la Resistencia Francesa, que por un lado hay aquí una estatua del gordo Churchill, que mucho les ayudó, aunque los liberaron los americanos, con un poco de ayuda del Tío Sam, y casi frente a frente el gran Charles de Gaulle, un tipo querido por México que, en tiempos del presidente López Mateos llegó al Zócalo de Ciudad de México. Era chingón para los discursos, sus biógrafos cuentan que con solo una repasada memorizaba lo que leería. Ciudad llena de historias y de leyendas, alguna vez también se comentó que Hitler la había mandado a dinamitar, pero no es creíble esa versión, Hitler era locochón pero amaba el arte, lo primero que hizo cuando llegó con su Estado Mayor a ver la Paris ocupado, fue retratarse en Trócadero, desde donde al fondo se ve imponente la Torre Eiffel, al lado de su arquitecto, el gran Albert Speer, que lo trajo para que viera lo grande de una ciudad, y al escultor Brecker. No quería destruirla, quizá quería hacerse una igual. Una ciudad modelo como es esta. El General Pétain ya había rendido la plaza, y en 1940 Hitler hizo turismo francés. Heinrich Hoffmann, fotógrafo oficial, plasmó esas fotos. Hitler antes pasó a la Ópera, construida entre 1860 y 1875 por el gran arquitecto Charles Garnier, aquí a una cuadra de donde escribo estas líneas, muy de madrugada, cuando le robo tiempo al tiempo para plasmar algo de lo vivido en el día. Leo que un ujier francés les abrió la Ópera, cuando se despidieron le daban propina, la rechazó. Aquí, aunque estaban dominados, el odio a los alemanes era patente. Les mordía la piel. Les laceraba el cuerpo. Al salir de la Ópera, el cortejo pasó por delante del templo de la Madeleine, recorriendo los Campos Elíseos hasta el Arco de Triunfo bajo el que está la tumba del soldado desconocido. Desde ese monumento fueron a la plaza del Trócadero donde Hoffman tomó la más simbólica fotografía del entonces conquistador de Paris. Hitler aparece de frente con la torre Eiffel al fondo, Speer a su derecha, el escultor Brecker a su izquierda y el operador de cine asomando por el ángulo inferior derecho. Otra foto famosa de la visita es la tomada en los Inválidos, una panorámica en la que Hitler contempla pensativo la tumba de Napoleón

LA EIFFEL DE NOCHE

Cumplo el pisa y corre del Paris de los tres días, a los que vine así, de rapidito, Paris tiene dos iconos que son los más visitados, la Torre, que una empleada que trepa el elevador nos dijo que en esta temporada de Semana Santa llegan unos 30 mil diarios. Yo creo que es poco, deben haber miles y miles porque los elevadores no paran de funcionar, desde las 9 de la mañana, que comienza el trajín, hasta las 12 de la noche, que dicen finish, o se acabó en francés: C’est fini. Es increíble oír toda la gente que habla español. Sorprendido voy, lo mismo en los hoteles que en la calle, en los restaurantes y braseries, cuyos precios matan, ejemplo, un café cuesta 6.60 euros, si consideramos que el peso mexicano está a casi 17 pesos por euros, calcúlenle. Una taza de chocolate por ahí, 6.60, el Metro caro, una hamburguesa, de las de sus carnes buenas, a 12 euros. Comer y pasear es caro, aunque se puede uno ajustar cómo se vaya viendo, y como el bolsillo resista. En Nueva York dicen que en una cuadra se pueden oír 135 diferentes idiomas. Aquí por allí andan, este debe ser el lugar turístico más visitado del mundo, y el hablar español es extraordinario, no se sufre, algunos taxistas no salen de su francés, pero una gran mayoría de la gente habla o entiende español, muchos. Como los negros afro europeos, que venden llaveros de la Torre Eiffel al pie del Trócadero, donde fui la última noche que llovía,

 

EN TROCADERO

El taxista nos lleva a Trócadero, hay calma, poco tráfico, son las once de la noche de un Paris lluvioso, si Paris era una fiesta, según Hemingway, hoy es de melancolía, la lluvia da tristeza. Le preguntó al taxi si es el Puente del Alma, donde se mató Lady Dy y Al Fayed, me dice que no, que es el siguiente, lo vemos, lo cruzamos, me señala una de las divisiones y cargas de concreto donde el chofer estrelló el auto Mercedes Benz y paralizó a una Monarquía inglesa, que no supo reaccionar hasta que el gran Tony Blair, quien llamó a la difunta, La Princesa del Pueblo, puso orden y le dio un jalón de orejas a la reina Isabel, que impávida permanecía como si se hubiera muerto nadie. Obligada salió a rendir la plaza, y hablar bien de ella, de la madre de un nieto suyo que un día será Rey de Inglaterra, no cualquier cosa, historia bien contada en la película ‘La Reina’, que interpretó Helen Mirrer, cuando pasé ese Puente del Alma recordé todo aquello. No me persigne porque el mundo en su momento lo hizo y le rindió homenaje póstumo. El agua Evian, que nace en manantiales, también cuesta seis euros. Proliferan los puestos de quioscos donde venden souvenirs, los paraguas con la leyenda de Paris, las cachuhas, gorras impresas, los llaveros, las bolsas de damas y del mandado, todo es turismo. Después de admirar la torre, como provinciano cuenqueño, asombrado y con la baba cayendo y verla en el show de luces que le han puesto hace pocos años, donde cada hora la prenden en su destellar unos 5 minutos, y prendida está toda la noche para verse majestuosa, brincamos a un Braserie enfrente, de nombre Trócadero. Allí rematamos con un café y una tostada (es como un pan Bimbo grande, a lo bestia, tostado y te lo sirven con mantequilla y mermelada, son muy famosos en España). Por la mañana nos trepamos al Metro y de Ópera partimos al Louvre, cerca de allí espiamos Notre Dame, eran días santos y había más cola que en Chedraui en día de ofertas. Los católicos buscando a Dios. El Louvre es lo máximo en museos, ahora promocionan unos Velázquez, las pinturas que se prestan países tras países y que hacen un intercambio para que el mundo conozca el arte. En su pirámide de cristal, que en su tiempo al presidente Françoise Mitterrand lo maldijeron los franceses porque, afirmaban que eso era un adefesio, esa pirámide es el segundo lugar más fotografiado de Paris, después de la Torre Eiffel, hay de todas las nacionalidades; japoneses, berlineses, cuenqueños, españoles, mexicanos, uno que otro de Chacaltianguis, si las banderas ondearan en ese sitio donde hay un pequeño murito que trepas y extendiendo los brazos tocas la pirámide, seguro que eso parecería unas Naciones Unidas de todos los lenguajes. Aquí todo es historia, por donde mires, por donde respires, por donde tu coco te dé para contar y platicar lo que se pueda, aunque, como dijo Sabater: “No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable”.

Al final, para despedirse de Paris, rememorar lo que le dijo Rick, el gran Humprey Bogart a Ingrid Bergman, en la cinta Casa Blanca: Siempre nos quedará París. (We’lls always have Paris)

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